
Entre Magia y Fantasía y desde el corazón de una gran mujer: Piedad.
Esta es la presentación que ella hace de sí misma en el libro. Lo hace en verso, estilo que domina perfectamente, describiéndose como sólo ella podría hacerlo.
Queridos niños:
¿Os gustaría saber mi nombre y cómo fue mi infancia?
Pues bien, os cuento:
Mi nombre es Piedad y mis apellidos Martos Lorente,
y nací un año después del 1947.
Nací en un pueblo llamado Baza, provincia de Granada,
y mi familia era tan pobre que no tenían nada.
Por eso en busca de mejorar nuestra vida,
mis padres me llevaron junto a mis hermanos
por caminos desiertos
a otro lugar lejano.
Allí no había escuelas
ni centros de cultura,
allí había mucho campo donde correr
y olivos con aceitunas.
Había un río,
muchos cereales,
flores silvestres
y árboles frutales.
Había animales que cuidar
y tierras donde trabajar.
Tenía pan para comer,
amigas con quien jugar
pero no tenía juguetes para mi placer
ni un lugar para estudiar.
Pero un día,
mi padre quiso que supiera leer y escribir
y buscó a un caballero docente
que se ocupara de mí,
cosa que hizo muy cariñosamente.
Al principio lo encontraba aburrido
pues yo quería jugar,
hasta que comprendí
que lo mejor era estudiar.
Me leía las lecciones
que el maestro me ponía,
duplicaba los deberes que tenía,
porque si mucho estudiaba
mucho más aprendería.
Pero mi estimado aprendizaje
no llegó más allá
de unas cuantas clases.
Ni siquiera un libro
llegué a leer
y el cuaderno de caligrafía
nada se entendía en él,
cuando el destino cambió mi vida.
Y así fue,
cuando jugando en el campo,
cuál fue mi sorpresa
al encontrarme con aquel inesperado hallazgo.
Mis ojos brillaron de alegría
cuando en mis manos tuve aquel desconocido artefacto,
pensando que aquello sería el juguete que no tenía.
Me lo llevé a mi casa
como si de un tesoro se tratara,
y sin enseñarles a mis padres,
con curiosidad lo examinaba.
Quería ver el contenido de su interior,
pero de pronto hizo: ¡Plaf!
Y explotó.
¡Qué dolor!
Y al momento grité:
Mamá, mamá no veo, no veo.
Todo mi cuerpo manaba sangre
y el día se hizo noche,
el horizonte que era grande
en un momento se hizo pequeño,
las estrellas dejaron de brillar
y las florecillas que eran mi sueño
se acabaron de marchitar.
Ya no veía correr por el campo,
ni leer ni escribir,
ni contar las estrellas en la noche,
porque todo se oscureció para mí.
Nueve años y medio tenía
cuando el destino me buscó aquel día,
para robarme la luz del sol,
los colores de la primavera,
el paisaje de los árboles en flor
y no poder ver las aves como vuelan.
De eso han pasado muchos,
muchos años
y aunque mi vida transcurrió
con el deseo de superarme,
de defenderme por mí misma,
por ser alguien,
por poder aprender,
por todo aquello que entonces no pude hacer.
Un día no muy lejano,
cuando ya era mayor,
alguien puso en mi mano
la oportunidad
que desde siempre esperaba
con tanta ansiedad.
Sí, aprendí a leer y a escribir
con el método Braille
y después con el ordenador adaptado
y así escribí los cuentos
que te presento.
PIEDAD MARTOS LORENTE